7 de septiembre de 2015

¿Cara o cruz?




“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”.
Oscar Wilde

Quizás todo esto venga por esa frase de ahí arriba, que sin saber bien a que se refería su autor, puedes aplicarla a cualquier instante de tu propia vida.
En este mismo momento, podrías estar donde sea, haciendo lo que se te ocurra. Sin embargo, no lo haces. ¿Qué es lo que te impide hacer lo que quieres o estar donde quieras? Todos los días te despiertas en la misma habitación y repites la misma rutina.  Ahora todo es rutinario, ¿Se supone que esto es crecer? ¿Ser libres?

Todo ha cambiado, cualquier cosa que puedes llegar a imaginarte no es como hace  diez años atrás. Las personas más felices suelen ser las que menos tienen, pero ¿Somos realmente felices con todos esos bienes materiales? Nos hemos desconectados, adoramos a personas que nunca conoceremos personalmente. Esperamos a que alguien traiga un cambio sin pensar en cambiarnos a nosotros mismos. Hasta la forma de enamorarse es absurda, aunque ya no estoy seguro de que esa palabra tenga un significado universal para todas las personas. A pesar de eso, seguimos tirando la misma moneda para tomar una decisión.


No sabría bien como acabar esto que ronda mi cabeza, lo único que estoy seguro es que hay pocas personas que son capaces de transmitir todo esos valores que cada día la sociedad fusila como si esto fuera el 3 de mayo en Madrid, y cuando coincides con alguno es como cuando te encuentras dinero en un bolsillo de un pantalón. Quizás en este mundo de “seguidores” nos hemos olvidado de guiarnos a nosotros mismos.

Rafael Rodríguez

29 de mayo de 2015

Quisimos olvidar

La brisa que atraía hacia mí aquel olor a salitre, acompañado de varios granos de arena de nuestra playa favorita, hace dibujarse en mi rostro una sonrisa tonta de la que no puedo librarme. Cierro los ojos cada vez que las olas rompen, y dejo pasar todos los recuerdos junto a ti: rompiendo el ocaso con nuestro amor, disfrutando juntos de estas aguas, observarte desnudo mientras te fumabas el último cigarrillo... Lo que daría por volver al pasado y sentir ese amor que nos rodeaba segundo sí, segundo también.

Ahora vengo todas las tardes a esta playa, para dejar que su paz me rodee, me acune y me haga sentir bien, dejando de lado el dolor, el desamor, los problemas. Todo. Con las olas, tú sigues como hace meses, yo te sigo amando como siempre, y nuestra cama nos pide que vayamos como todas las noches. Cuando las olas se desvanecen, esos sueños también.

Todos cambiamos, los dos cambiamos demasiado. Ambos quisimos olvidar, ambos olvidamos. Y ahora soy yo la que está aquí, en nuestra playa, sonriendo y con todas tus  fotos en mi mano. Necesitaba recordar lo que fuimos. 

El sol se está despidiendo de mí. Vuelvo a sonreír, y me levanto, volviendo a cerrar los ojos cuando el olor a salitre vuelve a penetrar en mí. Inhalo, exhalo. Escucho el cantar de las gaviotas, mientras me acerco más a la orilla y noto como mis pies se humedecen. Sonrío tanto que dejo al descubierto mis dientes. ¡Adiós! Suelto todas las fotos y dejo que el mar y la brisa se las lleven a quién sabe donde. 

Le doy la espalda a aquel cielo anaranjado, sintiéndome libre. Yo también puedo esparcirme por todo el planeta como una nube, como los rallos del sol, como la brisa. Sé que sigo siendo la misma.

Jesús González

26 de mayo de 2015

Postdata


Olvidarás la pena posada en otras bocas, dime que si, que no mirar tu cara no es una vida entera, que cuando veas la playa olvidarás mi ausencia. Así comenzaba la carta que escribí cuando se marchó y la enterré en esa duna de la playa donde cada noche escuchábamos las olas del mar romper.

Desde aquella habitación, desde aquel rincón tan exquisito, podía observarla perfectamente como dormía cada noche. Era increíble como se reflejaba en su rostro la luz de la luna que atravesaba la ventana y acompañada de una brisa de viento movía las cortinas. Me pasaba toda la noche contando los lunares de su espalda, a veces me hacía el tonto y perdía la cuenta a propósito para volver a empezar de nuevo, creo que eso era lo que hacía que durmiera con tanta facilidad. Conseguí saber cual era su lado de la cama, el humor de sus mañanas, que me susurrara al oído la canción que cantaba en la ducha, hasta conseguí robarle cinco minutos antes de levantarnos para irnos a trabajar. Perdía la razón cuando le besaba la boca.

Aún guardo en ese cajón las cuerdas de aquella guitarra con la que cantábamos desnudos en su cama. Esas partituras arrugadas con todas esas canciones que escribí inspirándome en sus ojos. También  guardo en mi cabeza los atardeceres en la playa. Parecía que bailaba sobre el mar, con la luna sobre ella, pasábamos tantas noches allí, que el sol nos sorprendía bailando en la arena. Lo días que me queden , repasaré sus cartas sentado en esa duna.

Postdata;  Si acaso quisieras quedarte, nada pasaría, una fuga de besos constate, un violín afinado en mi risa, los rosales que soñé plantarte. Si quisieras quedarte, seguiría gritando ¡Hoy ha sido mía! , sin ser de nadie. Provocaría tu risa para así poder respirar.  No me escuches , no te rindas, elige un lugar en el mundo y yo te llevo de la mano. Si pudiera escribir el final de mi vida, estarías viejita a mi lado, en el norte que tanto pedías y una casa no muy grande, donde quepan descanso y familia, los rosales que te prometí ya plantados , y decirte al oído en el ultimo día, me has salvado.

Te espero pero no me pidas que viva sin ti.


Rafael Rodriguez



20 de mayo de 2015

Nana

Cojo en brazos a mi precioso príncipe, y pego su pequeño rostro en mi pecho. Parece sonreír al escuchar los latidos de mi corazón, latidos que son por él, el nuevo centro de mi vida. Sus pequeñas manos se mueven involuntariamente, rozándome el cuello. Cierro mis ojos, inhalando aquel aroma que desprendía: dulce, fresco... Aroma a bebé. A mí bebé. Comienzo a mecerlo con suavidad, sin dejar de mirarle sus ojos claros, que transmiten calma, paz, felicidad. Es tan bello.
Ea, ea, ea... Comienzo a cantarle una nana con la voz más dulce que tengo. Nunca pesé que podría cantar así. Todo lo hago por él... Lo quiero tanto... Realmente lo empecé a querer antes de saber que su corazón latía dentro de mí. Es extraño cómo podemos sentir un amor incondicional por algo inexistente, pero que cuando se hace realidad te llena la vida en un instante. Jamás te dejaré sólo. Te acompañaré dónde haga falta. Le susurro sin parar el suave balanceo. Parece que me entiende, porque vuelve a acariciarme el cuello con sus deditos. Te voy a dar tantas caricias, tantos besos, tantas sonrisas, tanto amor...
Observo como sus parpados comienzan a caerse poco a poco, y sigo tarareando la nana. Mi voz es como un somnífero para él, algo que le relaja y le abre la puerta a un profundo sueño. Soy tu madre y no pienso abandonarte nunca. Ahí estaré en todos tus triunfos y en todos tus fracasos, cuando hagas las cosas bien y cuando las hagas mal. El día que llegaste a mí, firmé un contrato dónde te entregaba mi vida entera. Ahora mi vida eres tú, pequeño. Me acerco a la cuna despacio, y lo dejo en la cuna completamente dormido. Esbozo una pequeña sonrisa, y poso mi mano en su vientre.
Duérmete, mi vida...

Jesús González

Un hombre de los de antes.

Ya el tiempo había pasado por él, como el viento desgasta una montaña. Parece mentira que todo desaparezca en un abrir y cerrar de ojos, y cuando quieres darte cuenta ya no esté.

Estaba mayor pero tenía el espíritu de un niño que corretea con sus amigos en la plazoleta de su barrio. Como cada día, acostumbraba a levantarse temprano y dar su paseo diario por las calles aún alumbradas por la luna. Pasarse por la pescaderia de su amigo para recordar un poco de viejos momentos, y por supuesto comprar algo de pescado. Asomarse a media mañana en la reja del colegio de sus nietos cuando venía de vuelta de hacer los "mandaos". Sentarse en su sillón, colocarse bien su cojin y ver una película del viejo Oeste. Un hombre sencillo.

Pasar el día con sus nietos era algo diario. Sacarlos a jugar al fútbol a la plaza; ponerles los dibujos en la televisión; jugar a las cartas, claro que... con un poco de trampas; dejarse aconsejar para hacer la quiniela; contar alguna batallita o simplemente hablar de su equipo favorito. Se sentía joven al lado de ellos, sus nietos le daban la vida.

A menudo, nos da por pensar cosas que podríamos haber hecho, pero que por algún motivo no hicimos. Algunos dicen que está en la naturaleza, otros que así es la vida, pero es cierto que poco a poco todo acaba, lo que nace un día, muere otro. Si quieres un consejo, vive cada décima de segundo, cada bocanada de aire que recorre tus pulmones y luego expulsas por la boca, cada instante con los tuyos, porque lo que verdaderamente importa, es lo que me decías de pequeño, "Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas." Aún estás a tiempo de hacer esas cosas que dejaste de hacer.

Te quiero, abuelo.

Rafael Rodríguez