2 de febrero de 2016

Holocausto

Te miro a los ojos, pero ya no lo hago como antes, ya no te miro con amor, con ilusión, con esperanza... Ahora solo puedo mirarte con ira y rabia

Hemos vivido una guerra donde los enfrentados éramos tú y yo, donde los estragos nos han destrozado a ambos, donde no ha habido ganador. Solo miseria, ira, sangre, sentimientos rotos y mucho dolor. Hemos sido cobardes para enfrentarnos a la verdad; sin embargo, muy valientes para comenzar un holocausto, un verdadero caos. 

¿Cómo voy a mirarte con amor? Me repugnas. Eres una figura que me da asco. Nuestros besos ahora mismo serían de veneno. 

Solo quiero tu dolor y tú quieres el mío.

¿Cómo dos personas que se han amado tanto, pueden llegar a este punto? COBARDÍA. Cobardes de luchar juntos, de intentar que los problemas no nos hundiesen, de amarnos sin duda alguna. 

No hay cobardes en nombre del amor. (M.N.)

Antes me alimentaba de nuestro amor, ahora me alimento del odio que provocas en mí. Solo quiero bañar mis manos en tu sangre. Solo hay quimeras a nuestro alrededor. 

Me levanto de la cama y fuerzo una amplia sonrisa. Te beso, deseando que mi saliva se convierta en el más potente de los venenos. Pero no ocurre. Tú también me besas y sonríes de forma hipócrita. 



Y entonces, me acaricias la mejilla, sé que deseas que tu mano me queme, pero no tienes tanto poder. Cierro los ojos y dejo que nuestras pieles se rocen.

—Te quiero. —Susurras sin que esa sonrisa diabólica desaparezca de tu rostro.
HIPÓCRITA. 
—Y yo a ti.  


Jesús González

7 de diciembre de 2015

La niña que temía cumplir años


Allí estaba ella, jugando en su columpio como cada tarde. El sol en lo más alto traspasaba las hojas de los árboles y se reflejaba en sus mechones marrones que se movían con el impulso del viento. Con sus pies descalzos jugaba a rozar las margaritas que había bajo el columpio, estaba  preciosa. El viejo columpio crujía, pero sin importarle un ápice seguía columpiándose cada vez más alto, ese instante del día sacaba a carcajadas la niña pequeña de su interior.

Sin saber bien el por qué, hacía coincidir mis momentos de inspiración cuando ella salía a su jardín. Sin hacer ruido, me sentaba junto a la ventana y me ponía a escribir como si algo me hechizase a hacerlo. Me miraba y se reía. Pensaba que nunca se daría cuenta de mi presencia.  

El tiempo pasaba igual de rápido que un tren con retraso por la estación de ahí a lado, y tan sólo te separa de él la fina línea amarilla. Cada día intentaba hacerla reír de una forma diferente. Comencé poniendo sus canciones favoritas a todo volumen, hasta que mi madre subía a la habitación y me regañaba, le hacía tanta gracia verme de fondo poniendo muecas por la bronca. Sin dudas, cada día que pasaba era aún mejor que el anterior.

La vi cantar, reír, gritar, leer, estudiar, bostezar, pero nunca la vi llorar. El viejo columpio no aguantó tanto como ella pensaba. Ese 4 de diciembre la vi por primera vez llorar. Sus lágrimas recorrían sus mejillas y hacían brillar sus ojos verdes que parecían hechos por el mejor joyero del mundo. Ese día no miró hacia mi ventana. Pintando un pañuelo con su rímel se marchó dentro de su casa, dejando fuera su columpio roto, y aún más roto, a un chico preocupado en su ventana.

Ese día sin sabor a sonrisas pasó.  Al día siguiente, ella no volvió a su jardín como cada tarde.

El columpio significaba mucho más que un juguete para ella. Su infancia estaba dibujada en él. En cada balanceo que daba se reflejaba en su mente un feliz momento del pasado. El paso de los años se ve plasmado en ese viejo columpio, igual que ocurre con las personas. La chica tenía pavor por el rápido paso del tiempo y que éste  no le dejase disfrutar de los placeres más sencillos que ofrece la vida.

Sabía que en un par de días sería su cumpleaños y no podía permitir que esa increíble sensación de ser feliz huyera con aquella chica, por lo que me colé en su jardín por la noche con la intención de arreglar ese columpio que significaba tanto para ella. Tras varias horas de trabajo silencioso, alumbrado con una linterna y manchado de pintura como si me hubiera caído dentro del bote, el viejo columpio parecía nuevo. Saqué la carta que llevaba escribiendo estos días atrás y la pegué con un poco celo en el columpio.


 En la carta escrito ponía:

 “Vuelve pronto y juega con las flores. Vuelve que hay un niño que te mira cuando te columpias. Vuelve con el sol y la luna llena. Vuélvete a reír cuando me veas. Vuelve que te estoy confundiendo entre la noche. El chico de la ventana. "


Felices veinte, Rebeca.

Rafael Rodríguez

29 de octubre de 2015

¿Y la fe?


Cojo aire en una pequeña bocanada y cierro los ojos, sintiendo como una inyección de oxígeno penetra en mis pulmones con rapidez. Suelto un suspiro, mientras cae de mi ojo derecho una ligera lágrima de resignación. 

Ya no soy el mismo, no pienso igual, ya nada me provoca aquella ilusión que me llenaba de felicidad.



Cuando una persona comienza a madurar, se da cuenta de que aquel mundo mágico e impecable no es más que una farsa que tu mente se ha ido creando a lo largo de tu infancia. 

Después de que veas la verdad, sientes una sensación parecida a cuando te arrebatan algo. En realidad, sí. Te arrebatan la esperanza en la humanidad.

Cuando abres los ojos solo ves miedo, muertes, personas que manejan a otras como simples marionetas, juicios malintencionados, vidas destrozadas.

¿Cómo se puede dormir bien? ¿Dónde quedaron los bailes, los besos, la verdad? 

Somos personas con una vida cínica que pretendemos que todos sigamos un mismo canon, una misma vida para todos. 

Necesito aquella fe que sentía en mi infancia. Necesito creer en el ser humano.

—Quiero escapar de este mundo.—

Jesús González Rodríguez

20 de octubre de 2015

El dulce sorbo de la sonrisa

Como cada mañana, caminaba con mi bastón y el periódico del día bajo el
brazo, acompañado de hermosas flores que sobresalían en los jardines 
del Paseo de la Victoria. El sol y la lluvia las hacía brillar como si de cristal 
fueran. Para un jubilado como yo este paseo es lo que me da vida y, sin 
duda, me ayuda a encontrar algo que plasmar en mis dibujos.

Me senté en esa cafetería de esquina que tanto me gusta, aquella donde 
puedes dejar tus sentimientos plasmados bajo el cristal de la mesa mientras te 
tomas una dulce taza de café y ver por los ventanales a la gente pasar con 
prisas, como si la vida se les fuera a acabar de un momento a otro. 

 Allí estaban esos dos jóvenes. Se hacían reír el uno al otro entre café y 
roces, sentados en las mesas del exterior, sin importar que las gotas de agua 
les calasen. Él la miraba como si fuera la última vez y ella le provocaba la sonrisa
esa que corroboraba que estaban en el momento más feliz del día.

Me llevé un buen rato observándoles y con facilidad pudieron transmitirme 
una bella nostalgia de aquellos momentos que pasaba viendo sonreír a mi 
esposa  mientras con un lápiz de grafito fino la dibujaba en las hojas arrugadas 
de mi cuaderno.

Le di el último sorbo al café, ya enfriado por la fría brisa que entraba por la 
puerta cuando algún cliente la abría, y coloqué bajo el cristal aquel 
dibujo,manchado de alguna gota de café , que llevaba pintando mientras 
 miraba a esos dos jóvenes. 

Tras pedir la cuenta, le pedí a la simpática camarera que la mesa de los chicos de afuera
 quedaba invitada por mí y que , al comunicárselo, les dijera : "Vivir sonriendo es el verdadero 
secreto de la vida, aprovechad cada segundo para hacer lo que queráis de corazón".

Coloqué el bastón en mi mano derecha, abrí la puerta de la cafetería con un suave 
empujón  y continué mi camino hasta casa.




"A una pareja en Córdoba" decía al pie de aquel dibujo.




Rafael Rodríguez Hernández

1 de octubre de 2015

Y... ¿Si llega sin avisar?






Todo cambia en un abrir y cerrar de ojos. Con esa frase puedes resumir todos los momentos dulces que se convierten en amargos, como ese café con espuma perfecta y con algo de nata que le falta un sobre de azúcar.
A menudo, nos falta esa "cucharada de azúcar" en nuestro día a día, esa felicidad incansable que trasmite la persona idónea, la que aparece de repente con equipaje de mano y no sabes bien en que lugar acabarás, sin duda esas son las mejores. Quizás esto te pase una vez en la vida, si tienes suerte. Puedes pasarte toda la vida probando y buscando en todas las cafeterías del mundo que no encontrarás a nadie más dulce que la que llega de imprevisto. ¿Te doy un consejo? Si la encuentras, no dejes que se marche. La felicidad es la certeza de no sentirse perdido.
"La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar" algo así decía Thomas Chalmer, quizás tenía razón.
Rafael Rodríguez Hernández