30 de septiembre de 2017

Odio

Y con aquella brisa otoñal apareció aquel amor.

Era luz, era calor, era color.

Pero cuando el otoño dijo adiós,

aquel camuflaje desapareció.

Las caricias hacían daño.

Las palabras quebraban.

Los gritos ahogaban.

Grietas y heridas abiertas

por un brazo que se torna cinturón,

rompiendo el viento,

manchando el amor.

Abrió los ojos y luchó,

condenando su paz, su calma.

Y puso fin a aquel amor armado,

a aquel cuento de hadas marchitado y ensuciado...

…por odio.



Jesús González 

24 de septiembre de 2016

Libres

Hojas movidas por el viento, 
arrastradas hacia un paradero desconocido, 
expectantes ante ese nuevo futuro, 
dispuestas a vivir de nuevo. 

Un amor desconocido alentando tu llegada,
aullando un calor desprendido de piel,
soñando con una mitad inesperada.

Dos hojas caídas en el mismo suelo,
moviéndose al compás de la brisa,
juntas, unidas para siempre.

¿Existe un para siempre?
Hay quiénes no creen,
quiénes lo intentan impedir,
quiénes pisan las hojas y las hacen añicos.
El amor no siempre se acepta. 

Hay que dejar ser libres,
volar y caer una y otra vez,
secarte, pudrirte, sanarte, vivir. 


Jesús González

5 de septiembre de 2016

No.

Y en la orilla de ese mar,

dejando que la salitre me envuelva,

pensando que retienes mi corazón con las manos,

respiro hondo y mis pulmones florecen,

mi sangre prende un incendio en mí.

Y cuando rompe la última ola,

te digo: no



Jesús González

24 de agosto de 2016

Trotamundos



Cuando se quiso dar cuenta ya estaba en un nuevo viaje. Sentado en el fondo de un autobús con destino a "enriquecerse con todo lo que pueda y más".
Vivía en un continuo cambio visual que hacía de él una veleta que se alimentaba del viento del descubrir nuevos lugares.

Apoyado en el cristal que vibraba y balbuceaba historias en forma de arañazos y roturas que no eran más que vivencias, podía mirar más allá del paisaje.
De todo creaba historias. Los molinos que se transformaban en gigantes se quedaban cortos a su imaginación, hasta Quijote quedaría despavorido de tal viaje a través de su mente .

Viajar es vestirse de loco, decía. Es "no me importa". Es querer regresar. Regresar valorando lo poco; saborear un café, una puesta de sol, sacar una sonrisa desconocida, es decir regresar.

Podría seguir dando detalles que agudicen vuestro sentidos y así puedan entender de qué va esta vida, pero estaba tan inmerso en la libertad del "adornar su vida con experiencias que ricen la piel" que lo único que aconseja es que viajen.



Rafael Rodríguez
 

23 de julio de 2016

Clímax

La oscuridad y el silencio se apoderaron de aquella habitación, dejando que penetrasen varios destellos de luces que provenían del exterior. Lo miraba a los ojos, mientras enredaba su cabello dorado con los dedos. Unieron sus labios en un intenso beso, donde dejaron que ambas lenguas combatiesen en la batalla del placer. 

Deslizó sus manos con suavidad, acariciándole la espalda. Sus cuerpos desnudos se rozaban continuamente, estremeciéndolos en varias ocasiones. Entonces, bajó la lengua hasta su cuello, saboreándolo en varios besos acuosos, que provocaban varios gemidos en él. Sentían calor. Calor que amenazaba con derretirlos si no encontraban el remedio para calmarla. 

Le pasó sus manos por el torso y, después, por sus fibrados brazos, notando como estaban en tensión. Se miraron a los ojos de nuevo, antes de que le mordiera el grueso labio inferior. Se estremeció al sentirlo y colocó sus manos en su cintura, pasándole la lengua por las comisuras de sus labios. Finalmente, volvieron a besarse, absorbiendo la saliva, los suspiros y el sabor del otro. Sus pieles tersas, dejaban al descubierto infinitas gotas de sudor. 

Entre los besos y las caricias, palpó con suavidad sus piernas y se inclinó con levedad, hasta conseguir tomar su cuerpo, mirando sus ojos cuando se sintió en su interior. 

Abrió levemente sus labios, dejando escapar un gemido. Al instante, él inhaló aquel gemido y comenzó a mover su cintura paulatinamente, hasta que comenzó a aumentar el ritmo. No había nada más que ellos, sus cuerpos, su sudor, su alma deseosa de cada jadeo. 

Era más que placer. Ninguno podía ponerle fin a aquel acto que poco a poco los fue llevando al delirio.



Jesús González